Ayer visité la exposición sobre Marilyn Monroe que se exhibe hasta el viernes en la Plaza del Ensanche de Bilbao. Antes de ir, busqué información sobre lo que me iba a encontrar allí, para tener una ligera idea previa, y me sorprendió saber que se trata de una colección privada de una barcelonesa, Maite Minguez Ricart, compuesta por unos doscientos objetos que pertenecieron a la actriz.
No voy a negar que estuviera algo nerviosa antes de entrar al Mercado (el edificio que albergaba la muestra en la citada Plaza). No es que yo sea una súper fanática del mito rubio, pero saber que lo que iba a ver en primera persona sin ningún filtro de por medio (televisión, revistas, etc.) eran objetos que le habían pertenecido a ella, que para qué negarlo, a día de hoy continúa siendo un mito, me hacía sentirme extraña y porqué no decirlo; algo incrédula también. ¿Y por qué incrédula?, bueno, pues porque me parecía increíble que lo que estaba al otro lado del cristal lo hubiera llevado ella encima y que ahora estuviera expuesto en un Mercado de Bilbao.
Entre los objetos destacaban los vestidos utilizados en varias películas y galas, así como vestuario de su vida privada y varios objetos personales. Una agenda telefónica manuscrita por la actriz, unos zapatos de terciopelo verde esmeralda con incrustaciones de brillantes de bisutería en los tacones, un gorro de piel blanco que lució en su último cumpleaños y en su última aparición pública, un juego de cepillo, peine y espejo de tocador elaborado en plata y con sus iniciales grabadas al dorso, una tacita de bebé que había pertenecido a Norma Jeane Baker, el primer número de la revista Playboy de la que Marilyn era portada, varios números de la revista Life, el maillot amarillo usado por la actriz en Los caballeros las prefieren rubias (1953), el vestido que lució en Luces de candilejas (1954), de color crema con una preciosa cola azul eléctrico que sube hasta la cintura…
Pero lo que yo quería ver tardó en llegar. Lo miré fijamente, de arriba a bajo, de abajo a arriba. Reparé en las costuras de la cintura, en los fruncidos del pecho, en el color algo alterado… era su vestido. El que había lucido en La tentación vive arriba (1955), el mismo vestido cuya falda se había contorneado cuando Marilyn se encontraba sobre las rejillas de ventilación del metro. Un vestido cuya imagen había dado la vuelta al mundo y que yo contemplaba en primera persona. No quise ni pestañear para no perderlo de vista ni un segundo. Me entraron una ganas terribles de ponerme de puntillas, alzar el brazo a través del cristal que me separaba de él y tocarlo. Me arrepentí profundamente de no haberlo hecho, quizá me hubiera llevado algo de la esencia de la actriz… Pero imaginaros mi desilusión cuando me enteré de que ese no era el auténtico vestido sino la única replica existente del original realizada por W. Travilla.
Supongo que todo no podía ser tan perfecto, sin embargo he quedado muy satisfecha de lo que he visto, por eso si algún día tenéis la oportunidad de visitar esta muestra no lo dudéis y que no os importe perder media hora de vuestro tiempo viendo todo aquello. Seguro que saldréis satisfechos. Aquí os dejo una fotos de lo expuesto. Espero que os gusten. ¡Un saludo a todos!









